Aquí estoy, sentada en la azotea de este pequeño hotel, exactamente un año después. El mismo lugar, el mismo cielo, el mismo café humeante entre mis manos, incluso la misma taza que lo sostiene. Y sin embargo, algo es distinto, algo ha cambiado. O quizás la que ha cambiado he sido yo.

Hace un año llegué aquí con el corazón latiendo fuerte, rebosante de sueños y energía pero también llena de heridas y miedos que aún no sabía ni cómo iba a superar. Vine con ganas de transformarlo todo, aunque no sabía por dónde empezar.”

En este lugar aprendí lo que realmente significa estar sola. Me convertí en mi mejor amiga, en mi mayor confidente, en mi compañía favorita. Me regalé las mejores citas conmigo misma, cenas increibles frente al mar, paseos en moto sin rumbo, tardes de lectura en cafeterías escondidas. Aprendí a disfrutar de mi risa resonando en calles vacías, a abrazarme en los días difíciles y a celebrar mis pequeñas victorias.

Recuerdo cómo cada persona que conocí se convirtió en un espejo. Veía en ellos partes de mí que antes no reconocía. Desde la mujer que me cortaba la fruta en el mercado hasta el desconocido con el que compartí un trayecto en autobús. Sentía el amor en formas que nunca había imaginado: en las sonrisas de los niños en la calle, en la hospitalidad de los locales, en la calidez de una conversación espontánea. Me abrí a la vida por completo y fui recompensada con momentos de conexión tan profundos que dolían en el pecho.

Recuerdo aquel día en la piscina, cuando sumergí los pies en el agua y me entregué a una meditación que terminó en lágrimas. Me vi a mí misma de niña, en el presente y me visualice en el futuro, fuerte, libre, con la certeza de que todo lo que soñaba se haría realidad. No era una ilusión ni un anhelo vago. Era una certeza tan profunda como la respiración. Vi el gran potencial, como cuando intentas tocar la punta de tus pies con las piernas estiradas y, al principio, no llegas… pero respiras, te concentras y, de repente, descubres que puedes más de lo que creías.

Soñé fuerte, alto, con valentía. Imaginé mi vida ideal, el trabajo que tendría, la relación que construiría, los miedos que superaría. Y sentí una paz absoluta. Entendi que solo tenía que seguir caminando, fluir porque el resultado iba a llegar. No importaba cuándo ni cómo, solo importaba el presente, el vivir cada instante con intensidad. Y así lo hice.

Da Nang me enseñó a vivir en la magia de lo cotidiano, a ver lo extraordinario en lo simple. Aprendí a disfrutar lentamente de cada bocado, a llorar de felicidad al ver un atardecer reflejado en el retrovisor de mi moto, a regalar sonrisas sin motivo. Me enamoré de la vida como nunca antes lo había hecho.

Un año más tarde estoy aquí de nuevo. Volver a un lugar donde fui tan feliz me aterra. Es un miedo extraño, el miedo al ‘no cambio’. Siempre he sido adicta a la novedad, a lo desconocido, al movimiento. Pero volver… volver es enfrentarme a lo que ya sé, a la posibilidad de que esta vez no sea lo mismo. Es como regresar a un restaurante donde solías ir con alguien que ya no está, o como escuchar una canción que solías compartir con alguien que se fue. Me asusta la posibilidad de no volver a experimentar esa misma felicidad. ¿Y si esta vez no es igual? ¿Y si lo que una vez me transformó ya no me mueve de la misma manera?

Pero entonces respiro, en esta misma azotea, y entiendo: la vida nunca se repite, ni siquiera cuando lo parece. Puede que los asientos sigan teniendo el mismo estampado de flores, que el café conserve su aroma, que la playa permanezca en su sitio, inmutable. Pero nada es igual, porque yo tampoco soy la misma. En este año, he cambiado de piel tantas veces que apenas reconozco a la persona que llegó aquí por primera vez. He amado, he perdido, he aprendido. Han entrado y salido personas, superado miedos, nacieron otros… cambiado hábitos, incluso aficciones. Y eso es la vida: un flujo constante de cambio, de incertidumbre.

Recuerdo la primera vez que llegué aquí. Venía de un periodo increíble, rodeada de amigos, naturaleza, aventuras. Y de repente, tomé una decisión impulsiva. Dejé todo y vine a este rincón del mundo. Al principio, me pareció un error. Lloré en esta misma azotea, sintiéndome ajena a todo, incapaz de entender el idioma, el caos, la energía de la ciudad. Quería volver atrás, regresar a lo que me era cómodo. Pero algo en mí decidió quedarse, dar una oportunidad a este lugar. Esa decisión que en ese momento ni entendía, fue el mayor acierto de mi vida.

Hoy me doy cuenta de que el miedo al cambio es en realidad miedo a la incertidumbre de lo que nos espera. Y la incertidumbre es el tejido mismo de la vida. Cuando nos resistimos al cambio, nos resistimos a la existencia. Cada uno teme el cambio desde su propia perspectiva, acorde a lo que significa para sí mismo. Para algunos, el cambio es lanzarse a lo desconocido; para mí, el cambio es quedarme quieta, es volver a lo familiar.

No sé qué experiencias me esperan esta vez en Da Nang. No sé si volveré a sentir esa felicidad absoluta o si será distinto, tampoco sé que vendrá después. Pero ahí está la magia. No saber. Confiar en que lo que venga será exactamente lo que necesito, aunque aún no lo entienda. Estoy un paso más cerca de ese resultado que siempre soñé.

Y mientras tanto, aquí estoy, con los pies en el agua, dejando que la vida me sorprenda una vez más.