Hoy ha sido un día increíble, de esos que quiero grabar en cada rincón de mi memoria para volver a él cuando lo necesite. Me levanté con una energía que no sé de dónde salió, como si mi cuerpo entero gritara que necesitaba moverse, correr, llegar a algún lugar alto. Decidí subir la montaña que se ve desde la ventana de mi habitación, esa que siempre me había desafiado con su gran pendiente. Até mis zapatillas, respiré hondo y salí.
El aire me golpeaba la cara mientras corría, fresco al principio, luego cálido con el esfuerzo. A medida que avanzaba mis piernas empezaban a arder, mis pulmones pedían tregua, pero seguí con gran entusiasmo. Algunos conductores que pasaban a mi lado, con voces alegres, me gritaban: "¡Vamos, tú puedes!". Me dieron fuerza, aunque a ratos dudé. Más de una vez pensé en parar, en caminar el resto del camino. "¿En qué momento decidí hacer esto?", me pregunté, con el sudor resbalándome por la frente, ¿De verdad crees que vas a poder llegar hasta arriba sin parar?. Entonces me hablé a mí misma: "Todo está en tu cabeza, Claudia". Y seguí corriendo, un paso tras otro, hasta que al final lo logré!
La cima me recibió con una vista que me cortó el aliento: montañas verdes extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, un cielo azul repleto de nubes, y el sol pintando el mar con una luz blanca. Me dejé caer sobre una roca, agotada, y de pronto no pude controlar mis lágrimas. No sé si era por el cansancio o por la pura alegría de haberlo conseguido, de haber callado esa vocecita que siempre me dice que no puedo. Ahí arriba, todo se sentía posible.
Mientras recuperaba el aire, miré hacia abajo y pensé en lo bonito que se veía el camino desde esa altura. Me imaginé como una hormiga corriendo por el sendero, tan pequeña, tan enfocada en no rendirme que apenas había levantado la vista para disfrutar. Qué ironía, ¿no? Desde lo alto, el recorrido parecía fácil y espectacular, un regalo que alguien más envidiaría… Luego miré más arriba, hacia la estatua que coronaba un punto aún más alto en la colina. Me pregunté cómo me verían desde allí: una chica con ropa desgastada de correr, sentada en una roca, sedienta y con ganas de que una moto la lleve de vuelta. La curiosidad me invadió. Quise saber qué sentiría y vería desde ese lugar.
Subí hasta la estatua, con el viento relajando mi calor corporal. Cuando llegué, lo primero que pensé fue: "Bah, el recorrido no era para tanto!". Las vistas desde ahí eran aún más impresionantes, un paisaje que parecía sacado de un sueño. "Y si subo a un helicóptero, ¿qué?", me dije riendo, como si pudiera seguir escalando el cielo. Cada paso hacia arriba cambiaba todo: la misma colina, pero desde otro ángulo, otra luz. Me di cuenta de que hacía rato que no pensaba en ese "no puedo más", ese "no eres suficiente". Esos pensamientos se habían quedado abajo, demasiado pequeños para alcanzarme.
En lo más alto, junto a la estatua, respiré hondo y cerré los ojos con fuerza. Agradecí por estar ahí, por mi último fin de semana en Vietnam, por ese momento de plenitud que me llenaba el pecho.
Al abrir los ojos, todo se desvaneció. No estaba en la colina. Estaba en la cama, con la frente sudorosa y la fiebre pegándome las sábanas a la piel, en la habitación 805 de una hotel que, desde lo alto de la colina, apenas sería un puntito. Llevaba dos días así, enferma, atrapada, con la energía agotada y los pensamientos negativos dando vueltas: "Último fin de semana y estoy así", "quiero estar en mi casa", "necesito cariño…".
Toqué la mesa de madera junto a la cama, su superficie áspera bajo mis dedos temblorosos, sabiendo que no había corrido la colina. No había subido a ninguna estatua. Todo había sido un mundo que idee en mi cabeza, una realidad que quise crear para escapar de esta. Y sin embargo, la sentí tan viva que aún podía oler el viento, sentir el peso de la roca bajo mi cuerpo. Me quedé mirando el techo, con el corazón latiendo lento pero firme, y entendí: no necesito estar en lo alto para subir. Puedo construir esa colina cada vez que la necesite, puedo silenciar esas voces que me dicen "no eres suficiente" con cada paso que doy en mi mente. La fiebre no me detiene, los pensamientos oscuros no me definen. La habitación no es mi límite, es solo el punto desde donde empiezo a correr. Esta realidad en verdad es una victoria que no se ve, pero que pesa más que cualquier cima. Porque mientras mi cuerpo esté aquí, débil y sudoroso, mi cabeza puede llevarme donde quiera: a lo alto de una colina, a la estatua, al cielo mismo. Y si puedo imaginarlo, puedo vivirlo.