La tinta se derrama como un río oscuro. "Tengo miedo", escribo, y las palabras pesan como piedras. Las sombras se apoderan del bolígrafo, y mi mano se mueve casi sin permiso. "No sé qué hacer con mi vida", garabateo, y la incertidumbre me ahoga. Siento dudas, inseguridades, como si pidiera respuestas y solo recibiera silencio. "No todo es tan bonito", escribe mi mano, y el relato se tuerce bajo su peso.
Ellas escriben solas, sin consciencia. "Huyes de las responsabilidades", dicen, y la inseguridad dibuja líneas torcidas. "Es dificil cambiar de profesión", añaden, y el bolígrafo rasga el papel. Las sombras toman el control, y el café se enfría, el corazón de espuma desaparece. Todo se vuelve gris, y por un momento creo que este es el final: un relato escrito por mis miedos, no por mí.
Es entonces cuando levanto la vista. Las sombras tiemblan, como si supieran que puedo arrebatarles el bolígrafo. No las borro, pero tampoco las dejo terminar.
La hoja está llena de garabatos oscuros, un caos que ellas crearon.
La doblo y la guardo, un recordatorio de que a veces pierdo el control, pero siempre puedo empezar otra página. Tomo un sorbo de café frío y suspiro. La historia no continuará así.