Llego a la piscina con un plan en mente: nadar un rato, escuchar mi podcast preferido y relajarme. La piscina está vacía y pienso: "Este es el momento perfecto".
Me tumbo en el suelo, el sol calienta mi piel, me pongo los auriculares y me sumergo profundamente en el audio. El mundo se calla un poco: solo estoy yo, la voz en mis oídos y el agua quieta brillando ¡Qué paz!.
De repente un chapoteo rompe el silencio. Luego otro. Varios niños empiezan a entrar, saltando, gritando, salpicando. Como si la piscina pasara de ser un lienzo monocolor a aparecer pinceladas fuertes, aleatorias y llenas de colores.
"Vaya, adiós paz," pienso, pero una pequeña risa dentro de mi se me escapa, como si el agua fría salpicandome me hubiera despertado en ese momento: "Bueno, así me refresco" me digo.
Los ruidos cada vez son más fuertes y el podcast se pierde entre las risas de los niños. Podría irme, buscar otro sitio, pero algo en mí me hace sentarme y observar. No huyo del cambio; me quedo, como si el día fuera una carta que aún no abro. Me gusta eso de mí, aunque no lo celebre mucho. Siempre pienso que adaptarme es lo normal, pero hoy siento un pequeño orgullo, callado, como si el sol me diera un guiño por quedarme.
Una niña de unos 13 años flotando en una colchoneta amarilla, me lanza una sonrisa enorme. Se la devuelvo al momento. Me mira otra vez y agita la mano con entusiasmo: "¡Ven!" No lo dudo ni un instante. Me tiro al agua, nado hasta ella y subo a su colchoneta con una risa. Ella suelta una carcajada, se estira a mi lado, y empezamos a jugar.
Un caos divertido: salpicamos, nos empujamos con delicadeza, nadamos, inventamos mil juegos diferentes. Me sorprende nuestra manera de entendernos sin palabras. Cuando quiero parar un rato de jugar, salgo del agua, cojo mi libro y Tormenta, asi se llama, se sienta a mi lado, sin reclamos; como si el silencio fuera su manera de agradacerme por la diversión.
De pronto se levanta y empieza a bailar, girando como si la piscina fuera su escenario y yo su única espectadora. Me dedica su baile, sin vergüenza, sin importarle quien la mira o quien la juzgue.
Yo siento un calor que sube: "Ella soy yo." Tormenta es aventura, juego, vivir el ahora sin juicios. Me reflejo en sus risas, en sus saltos, en su forma de ser sin pedir permiso.
Me veo tanto en ella que pienso que ya no se que edad tenemos, tal vez yo soy demasiado infantil o ella demasiado madura, bromeo internamente.
Me abraza, me da besos en la mejilla, feliz de tenerme ahí. Lo que no sabe es que para mi cada risa soltaba un peso que llevaba en el pecho y un recuerdo de mi que a veces olvido.
El momento me traga entero, como si el agua nos hubiera lavado todo lo demás.
Pensé, en qué momento de mi vida me puse límites: "No seas tonta, no hagas eso." En qué momento dejamos de saltar sin mapa, reir sin miedo a parecer idiota, hacer sin pensar en el "qué dirán". Cuando nos convertimos en adultos no nos lo permitimos suficiente. Nos enredamos en vergüenzas, en "tengo que ser" en "esto no es productivo." Nos da corte bailar solos, inventar juegos, dejar que el día nos sorprenda sin ningún fin, unirnos a un grupo de manera espontánea... La vida es un juego, y qué tontos somos cuando no jugamos. Ojala nos permitieramos ser más niños de vez en cuando.
Fui a por calma, y el día me dio a Tormenta. Podría haberme ido, enfadarme, aferrarme a mi plan. Pero no. Me quedé, abierta, y esa apertura cambió todo. No solo la situación —del silencio al caos, del agua quieta a las risas—, sino cómo la vi. Dejé de querer controlarlo y me tiré al juego, literal y figurado. Y aprendí: cuando te abres al cambio, la vida te trae regalos que no esperas. Tormenta es mi reflejo, mi yo libre, la niña que sigo siendo debajo de tantas capas. Me enseña que no hay que tenerle miedo a soltarse, que el espíritu de aventura no tiene edad, que los juicios son cadenas que nos ponemos solos.
"Gracias, Tormenta, por traerme de vuelta. Ojalá seas siempre esa niña."