Julia estaba en una fiesta, en un rincón del mundo donde el aire olía a sal y la tierra a libertad, un lugar idílico donde todo el mundo desearia estar aunque ella no se sentía del todo parte del mismo.
Esa noche, sus inseguridades soplaban en su cabeza como una tela vieja que el viento había desgastado. Se movía entre la multitud con una sonrisa que escondía historias.
Pero incluso en su fragilidad, había fuerza: Julia siempre había sabido que podía enfrentarse a los retos que la vida le lanzaba, y esa certeza la mantenía en pie.
De pronto, entre el bullicio de risas, música y copas alzadas, un chico apareció. Tenia un brillo especial, como si su presencia llenara un vacío que Julia ni siquiera sabía que llevaba dentro. Era el chico con el que alguna vez había soñado, sacado de los rincones más profundos de su imaginación.
Empujada por uno de esos juegos tontos de fiesta, se acercó a él, con gran curiosidad: "¿De dónde eres?" preguntó, él respondió con una sonrisa que parecía iluminar la noche, una sonrisa que prometía historias y secretos.
Se apartaron de la muchedumbre, como si el universo les hubiera reservado un espacio solo para ellos. Hablaron, rieron, y cada palabra era un puente que los conectaba más.
Compartían un humor mordaz, una chispa aventurera, un hambre mutua por explorarse con preguntas, miradas y roces que decían lo que las frases no alcanzaban.
Para Julia, él era diferente. No era solo su forma de tratarla —con una mezcla de ternura y fuego—, ni su risa que resonaba como una melodía olvidada. Era algo más profundo, algo que vibraba en su alma.
Así comenzó una historia que no parecía pertenecerle del todo. Era como si Julia hubiera abierto una puerta a otra vida, a otra ella. En su interior, resonaba un eco: este chico no era un extraño. Lo había conocido antes, en un tiempo lejano, en un cuerpo que no era el suyo.
Cuando sus labios se encontraron por primera vez, no fue solo un beso. Fue un reencuentro. Sus bocas se abrazaron como si se hubieran extrañado por siglos, y en ese instante, Julia sintió una corriente eléctrica que despertó un rincón dormido de su ser.
Tal vez habían sido amantes arrancados por la furia de la guerra, separados por el humo y la sangre, con promesas rotas gritadas al viento mientras los caballos galopaban y las ciudades ardían. Él había sido su alma gemela, y el destino los había separado. Hasta ahora.
Sus ojos se clavaban cada vez más los unos en los otros, y tras esas pupilas, Julia entreveia destellos de ese pasado: una mujer corriendo tras un hombre mientras las flechas silbaban, un adiós desgarrador en un campo teñido de rojo, un juramento susurrado de volverse a encontrar. Había tristeza en esa mirada, pero también una alegría inmensa, como si ambos supieran que la espera había terminado.
Caminaban de la mano por las calles, riendo hasta que les dolía el pecho, llorando de pura emoción, besándose con una intensidad que hacía temblar el suelo bajo sus pies.
A veces, se detenían y se preguntaban si todo era un sueño. "¿Eres real?" murmuraba él, acariciándole el rostro como si temiera que se desvaneciera. "¿O eres solo un recuerdo que inventé?" Julia no sabía qué responder, porque también lo sentía: quizás eran espejismos el uno del otro, reflejos de almas que habían amado tanto que se negaban a desaparecer.
Los días pasaban demasiado rápido asi como sus ganas de estar juntos. Exploraron ciudades, compartieron experiencias, romantizaron cada instante de su sincronía, cada aventura era una promesa cumplida de esa vida pasada.
Una tarde, antes de coger el avión que les separaria por un tiempo, se abrazaron, el dolor en el pecho era tan real, tan crudo, que los anclaba al presente. Era un abrazo que dolía y sanaba al mismo tiempo, como abrazar a alguien que eres tú mismo, tu otra mitad perdida.
De pronto, algo los atravesó, imágenes inciertas inundaron sus mentes y las emociones se sincronizaron. Lágrimas cayeron por sus mejillas, y cuando abrió los ojos, él la estaba mirando, pálido, con una mirada confusa pero a la vez certera. "Lo sentiste, ¿verdad?" susurró él. Julia asintió, incapaz de hablar, limpiandose las gotas en sus mejillas. Habían compartido la misma visión, misma emoción, el mismo fragmento de su historia perdida.
Desde ese momento, supieron que no podían ignorarlo. Cada descubrimiento era un pedazo de su rompecabezas, pero también un recordatorio: esta vez, no habría nada que los separara.