Hoy es mi último día en este lugar con el que tanto he conectado.

Mi último día en este rincón al que suelo venir a escribir, a escuchar música, a tumbarme en la hamaca, a divagar, a disfrutar de un batido de frutas o simplemente a observar.

Recuerdo perfectamente la primera vez que lo descubrí. Estaba corriendo y, de repente, me topé con este lugar que parecía sacado de una película. Era tal y como lo había imaginado alguna vez, quizá en lo más profundo de mi inconsciente: montañas, un lago, un espacio auténtico donde poder relajarte, leer, inspirarte… ¡y ahí estaba, justo frente a mí!

Aquel día, recuerdo que intentaba trabajar en estar más presente, en prestar atención a los pequeños detalles, a lo que ocurría fuera de mí. Y la vida, de alguna forma, me regaló este rincón.

Me extrañó que no estuviera lleno de gente, aunque pensé: “Está algo escondido, entonces no todo el mundo lo encontraría, ni yo misma lo habría visto si no hubiera estado más presente”. Había pasado muchas veces corriendo por aquí, pero nunca me había dado cuenta de que existía.

Y así es como los sueños se hacen realidad. Aquello que tu subconsciente o consciente desea, tarde o temprano llega, ya sea en personas, lugares o momentos. Pero a veces, cuando llega, no nos damos cuenta, no lo valoramos lo suficiente.

La vida nos da todo lo que pedimos, todo. El problema es que, cuando esos sueños y deseos se cumplen, estamos tan ocupados pensando en lo siguiente, en el próximo objetivo, que no nos detenemos a apreciar lo que ya está sucediendo, justo en este preciso momento.

Hoy es mi último día en Chiang Mai y me invade la melancolía. Cuando venía corriendo hasta este lugar, observando, siendo consciente de que era la última vez que caminaría por aquí, la última vez que pediría un café al camarero de siempre, me di cuenta que no me esforcé en intentar capturar este último recuerdo; algo que siempre me ha pasado en otros viajes o situaciones, cuando los últimos días intentas vivir todo con más intensidad: haces todo lo que pensaste que tendrías tiempo de hacer, disfrutas más, agradeces más, conectas más… Pero no, esta vez no siento esa urgencia de “aprovechar al máximo” el último día.

Esta vez, cada momento ha sido tan pleno, tan consciente, que los últimos días han sido tan iguales como todos los demás.

Y si supiéramos que es nuestro último día en un lugar, tu último día con las personas que quieres, tu último día saboreando tu comida favorita, lo veríamos y disfrutaríamos todo de una manera completamente diferente… Si viviéramos cada día con esa conciencia, todo cambiaría.

Me invade la curiosidad: ¿cuándo será la próxima vez que regresaré? ¿Cómo seré entonces? ¿Qué pensaré? ¿Vendré sola o acompañada? ¿Qué habrá cambiado en mi vida para entonces?

No lo sé, pero sí sé que seguiré queriendo que la vida me atraviese, que cada momento se quede conmigo. Que los sonidos, los sabores, los abrazos y las personas se mezclen tanto con mi ser que no pueda distinguir dónde termino yo y dónde empiezan ellos.

No sabía que podía llegar a ser tan profunda y a la vez tan ‘loca’ pero ahora siento que estoy aprendiendo a expresar cada versión y que quiero compartirlo.