Sentada en mi nuevo rincón favorito, con una taza de café entre las manos, respiro hondo y dejo que mi cuerpo hable por sí mismo:

Siento cierta tensión, como un nudo de hilos enredados en mi interior que me pide paciencia para deshacerlos, poco a poco, hebra por hebra. Las prisas en cambio se cuelan en mi sangre, aceleran mi pulso, como si tuviera que tomar una decisión importante y a la vez aprovechar este momento, pues no se va a repetir nunca más.

Miro a mi alrededor, todo está tranquilo, los señores de al lado parecen disfrutar de su desayuno sin apuro, los cojines descansan plácidos sobre las sillas, el café parece esperarme, dandome el tiempo y espacio que necesite.

El bolígrafo descansa sobre la mesa, junto a una hoja en blanco que parece mirarme con expectativa.

Hoy me decidía a escribir el próximo capítulo de mi vida. En breves vuelvo a España y siento que una etapa de esta bonita historia se cierra tras de mí y se quedará en algún rincón de mi memoria… Con mi mano un poco temblorosa cojo el boligrafo, lo agarro con fuerza, mi cuerpo se contrae, asi como mis pensamientos. Las palabras no llegan solas….

Entre las líneas que imagino, aparecen ellas: las sombras. Miedos, dudas, inseguridades. Se alzan como nubes grises, susurrándome que no puedo decidir mi historia, que la vida no es tan bonita como la imagino y que mi relato no merece ser contado.

Me detengo y miro a estas sombras de frente. No las rechazo, no las empujo al olvido. Solo las observo, preguntándome qué quieren de mí. El corazón borroso en la espuma del café parece latir, un recordatorio silencioso de que la vida siempre está hablando. Tomo el bolígrafo, y siento que la tinta está a punto de decidir por mí. ¿Qué voy a escribir? ¿Dejo que las sombras tomen el control o sigo soñando con mi historia?

El bolígrafo toca el papel, y comienzo a escribir sobre...

mis sombras, mis miedos

mi luz, mis sueños